Entre lágrimas despechadas de un amor que nunca supo ser, entré en su oscuro armario para intentarla ayudar a acomodar sus amorfas ideas en moldeables estantes imaginarios. Busqué el autoestima sobreviviente de manera trabajosa y apesadumbrada. Lo encontré sucio, roto y lastimado. Mediante mates y bizcochos logré subirlo hasta un estante pequeño, con una promesa tácita y cariñosa de seguir haciéndolo a lo largo de todo el camino juntas.
Luego cree una simple escalera y me subí en ella. Bajé todos los estereotipos de mujeres delgadas y esbeltas que encontré, que no hacían más que causar dolor con sus inútiles y más que absurdas comparaciones. Imágenes huecas y superficiales que los medios de comunicación habían grabado en su memoria a fuego durante años. Tarde mucho. Se perdió mucha lavandina en esa batalla, pero se gano parte de la guerra.
Con más fuerza de voluntad, abrazos y juegos de computadora, aprendimos juntas a acomodar correctamente a los hombres de nuestra vida en nuestros respectivos armarios. Padres, hermanos, tíos y abuelo en el más alto, para vernos, controlarnos, enseñarnos y castigarnos si nos equivocamos de camino. Amigos y compañeros de ruta más abajo. Y al alcance de la mano, guardamos esos amores de la infancia, ventarrones de verano, y sueños de primaveras adolescentes donde nos enamorábamos perdidamente durante unos meses, y llorábamos durante años. Costo aprender que el amor llega cuando quiere. Que no siempre es eterno, pero que sólo la esperanza de que lo sea lo mantiene vivo. Todavía más costo aprender a elegir los acompañantes de viaje correctos. A involucrarse con los peligrosos, sabiendo que la ganancia es proporcional al riego de haber invertido. Que los amores cobardes sólo nos lastiman por que no nos alcanzan. Aprendimos a cortar las relaciones en el momento correcto… ¿lo hicimos no? Quiero convencerme de eso.
Cada tanto nos reunimos a acomodar pensamientos. Exteriorizar lo que nos pasa con nuestras palabras nos ayuda a delimitar nuestros sentimientos y expectativas. Las cebadas nos permiten formular nuestros problemas de manera entendible y recibir el consejo amigo que todos necesitamos cuando vamos a emprender un nuevo camino, un camino viejo que no usamos nunca, o el mismo camino de siempre, que no deja de sorprendernos con sus vueltas esotéricas y misteriosas.
Los problemas siempre aparecerán como terribles dragones y enfermedades incurables. Pero son sólo falsas ilusiones. Son pequeñas gotas que no llegan a nada. Cuando caigas en ellos, no dudes en llamarme, no te dejaré morir ahogada.
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