
Abundantes tonos de llamada consecutivos. Nadie responde. Evidentemente el príncipe azul no esta en el área de cobertura. Puede estar tratando de recuperar el carruaje que perdió por estacionarlo en doble fila.
Princesa gira. No puede dormir. Ya ha dado vuelta varias veces la almohada. Hace calor. Mucha humedad. Su imaginación visita los lugares más recónditos y estrafalarios de la conciencia. Como un turista saca fotos y fantasea.
Sigue girando en la cama. Es tarde. Hay que hacer algo… ¿pero qué?. Con un golpe recuerda un comentario hace semanas escuchados. Un arriesgado grupo empresarial organizo un número de teléfono con cuentos. Los costos son bajos y la satisfacción garantizada.
Vuelvo sobre su eje y recobra la postura. Prende el velador tirando libros y cofres en el intento. Busca en el fondo de un cajón. Nada. Revuelve en su memoria. Acude a la mochilla donde tranquilamente la tarjeta con flores y dragones la espera. Marca el cero ochocientos que allí figura. Avergonzada espera detrás de la línea.
La atiende una máquina y le da opciones de distintos géneros de cuentos. Elige cuentos de hadas. Sabe que un héroe romántico y carismático la hará entrar en sueños con esperanzas de algún día encontrar a alguien realmente así.
Sus rubios bucles se amontonan junto al teléfono para escuchar de cerca la historia. Es un cuento realmente precioso, ficticio e irrealizable; caracteres indispensables para hacerla llorar de amor.
Cuando el cuento se termina. Cuelga bruscamente el teléfono preguntándose qué relación habrá vivido su escritor. Si ese amor incondicional de su protagonista habrá sido inspirado en algún amor de novela de la realidad de su pequeña comarca. ¿Quién sabe? Ella lo niega. Afirma que su escritor debe haber sufrido un desgarrador amor no correspondido. Siempre es así. La alocución del amor lo vuelve más obsesivo, sobre protector, celoso y cuidadoso.A fin de cuentas eso crea las historias. Algo que no salió como uno hubiera deseado. Transfiere al papel esos sueños rotos, transformados por un mágico proceso de deformación onírica. El amor duele, pero en mis cuentos puede ser el sentimiento más precioso del mundo. La vida no es eterna, y uno nunca hace todo lo que desearía.
Quien escribe de amor es desdichado. Quien escribe de héroes es un cobarde. Quien escribe de política es militante asustado. Quien escribe de sentimientos es sin lugar a dudas un insensato.
Con esa enigmática cadena de pensamientos en la cabeza, la princesa se acostó en la cama de blancos doseles. Cerró los ojos y soñó que era feliz, plena y eterna.
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